El Coleccionador de Ramas era un hombre de gran complexión, con manos fuertes y callosas por el trabajo. Cada mañana recorría el mismo bosque, buscando ramas de tamaño medio: ni demasiado gruesas ni demasiado delgadas, pero siempre con una forma especial. No buscaba ramas triviales; su ojo entrenado se posaba en las que poseían un carácter singular, aquellas que se torcían de manera interesante o que ofrecían una estructura única.
El sonido de su sierra rasgando la corteza resonaba por todo el bosque, fuerte y rítmico, rompiendo la quietud del lugar. No era un proceso silencioso ni discreto. Cada corte era un acto de fuerza, un esfuerzo que retumbaba en el aire y se sentía en el crujir de la madera. La sierra avanzaba con precisión hasta que la rama caía, desprendida del árbol. El Coleccionador nunca explicó a nadie por qué recolectaba esas ramas, pero lo hacía por el simple placer de observarlas. Las guardaba en una gran bolsa de tela, llevándolas de árbol en árbol, como si cada rama fuera una pieza preciosa que necesitaba ser almacenada. No miraba atrás.
Pero un día, algo extraño comenzó a suceder. Al cortar una rama, notó que, en el lugar de un antiguo corte cerca de allí, apareció una mancha de color. Primero un destello blanco, luego una pincelada roja, después azul. No fue una casualidad. Algo había cambiado en la corteza del árbol. Al principio pensó que era solo un reflejo del sol al atardecer, pero cuando cortó más ramas y los colores seguían apareciendo, comenzó a preguntarse si había algo más detrás de esto.
Las pinturas no eran grandes ni detalladas. Eran pequeñas, casi esquemáticas, pero muy intensas. Usaban los colores primarios: rojo, azul, amarillo y blanco, y parecían capturar fragmentos de paisajes efímeros, como si intentaran congelar un instante fugaz de la naturaleza. Los colores vibraban en la corteza, como si tuvieran vida propia, una energía que parecía escapar del tronco mismo.
El Coleccionador no pudo ignorarlo más. Comenzó a buscar el origen de esas manchas. En un rincón apartado del bosque, entre las sombras de los árboles, lo vio. Un hombre delgado, con sombrero de paja y pincel en mano, pintando con rapidez sobre otro corte de un árbol cercano. No se sorprendió de la presencia del Coleccionador, sino que le ofreció una sonrisa cómplice.
— ¿Qué haces aquí? — preguntó el Coleccionador, su voz sonando más dura de lo que había querido.
El Pintor Errante continuó trabajando sin mirarlo, como si ya lo hubiera anticipado.
— Pinto — respondió con calma. — Cada vez que cortas una rama, creas una oportunidad para que yo pinte. Esas marcas en los árboles son mi lienzo. ¿No lo habías notado?
El Coleccionador dio un paso hacia él, su mandíbula tensa. Un nudo creció en su estómago al escuchar esas palabras. Algo en su interior se retorció. Siempre había sido él quien daba forma al bosque, quien decidía qué ramas cortar y cómo usarlas. La idea de que otro se apropiara de esos cortes le resultaba... invasiva.
— ¿Tú pintas... en mis cortes? — preguntó, la frustración asomando en su voz. — Esas ramas son mías. Las corto para mí, no para que las uses como lienzos.
El Pintor, sin dejar de pintar, levantó una ceja y lo miró por un instante. Había una calma en su rostro, una tranquilidad que contrastaba con la creciente irritación del Coleccionador.
— Tú cortas, yo pinto. — El Pintor dejó caer su pincel un momento, como si pensara en sus palabras. — Este bosque no es solo tuyo. El color en las cortezas no es un robo. Es una colaboración, un acto espontáneo. Yo solo aprovecho lo que tú haces.
El Coleccionador sintió que el aire se volvía más denso. La tierra bajo sus pies parecía volverse resbaladiza, como si todo el bosque estuviera cambiando sin que él pudiera controlarlo. No podía comprender lo que el Pintor estaba diciendo. El bosque, los árboles, las ramas, todo parecía haberse convertido en algo ajeno, como si él ya no fuera el único que le daba forma.
— No necesito que nadie intervenga en lo que hago — dijo el Coleccionador, apretando los dientes. — No me importa lo que hagas con los árboles, pero las marcas en la corteza... son mías. Son mi trabajo, mi ritual.
El Pintor no parecía ofendido, pero una chispa de algo indescriptible pasó por sus ojos. Finalmente, dejó el pincel a un lado y se puso de pie, mirando al Coleccionador con una tranquilidad que casi irritaba.
— Las ramas son tuyas, pero este bosque es de todos — dijo el Pintor, sus palabras suaves pero firmes. — No busco robarte. Yo solo pinto lo que está en el aire, lo que tú dejas atrás. Las marcas que dejas en los árboles son como una invitación, una oportunidad de mostrar lo que podría ser. Mi pintura no es para ser vista de la misma forma que tú ves tus ramas. Cada corte es solo un fragmento, una ventana a algo mayor. Algo que tú no ves, pero que está ahí.
El Coleccionador dio un paso atrás, sus manos todavía apretadas alrededor de la sierra. No podía procesar del todo lo que acababa de escuchar. Durante años, el bosque había sido suyo, su territorio, su refugio. La idea de que algo tan ajeno, tan etéreo como la pintura pudiera emerger de sus cortes le resultaba casi insoportable.
— No lo entiendo — murmuró, mirando los colores que seguían apareciendo en los cortes de los árboles. — ¿Por qué el color, por qué el arte? ¿Por qué aquí?
El Pintor sonrió, como si hubiera estado esperando esa pregunta.
— Porque, en el momento en que cortas, permites que algo más se haga visible. La naturaleza no es solo lo que vemos. Es lo que no vemos. Y la pintura solo resalta lo invisible. Tú cortas, y yo simplemente amplifico lo que el bosque quiere mostrar.
Hubo un largo silencio entre los dos. Finalmente, el Coleccionador, sintiendo un peso en su pecho, dio media vuelta y comenzó a caminar hacia el borde del bosque. Estaba furioso, confundido y desconcertado. Pero a medida que se alejaba, algo comenzó a gestarse dentro de él. Su mente volvía una y otra vez a las palabras del Pintor. *El color resalta lo invisible*... Algo se encendió en su interior. Algo que no podía ignorar.
En los días siguientes, el Coleccionador continuó cortando ramas, pero ya no de la misma manera. Cada corte ahora llevaba consigo una sensación de inquietud, como si estuviera abriendo algo más que una simple brecha en la corteza. Las pinturas del Pintor Errante seguían apareciendo, conectándose entre sí, formando una red de colores que unían los árboles y los cortes de una manera que él nunca había anticipado.
El bosque ya no era solo un espacio para cortar madera. Había algo más, algo que se extendía más allá de su control. El Coleccionador no entendía completamente lo que ocurría, pero una parte de él comenzó a ver belleza en esa colaboración no deseada. Las ramas que cortaba ya no solo eran suyas. Ahora, formaban parte de un proceso mayor, algo que el bosque mismo había decidido iniciar.
Con el tiempo, el bosque se transformó. Los aldeanos, al principio ajenos a las pinturas, comenzaron a notar los destellos de color en los árboles. Se adentraron más, curiosos, y pronto descubrieron la galería secreta del Pintor Errante. Los cortes en los árboles se convirtieron en ventanas hacia un mundo de colores y formas inesperadas, y el Coleccionador, aunque no lo buscaba, comprendió que él también formaba parte de esa transformación.
El bosque ya no era solo un lugar para cortar ramas. Se había convertido en un espacio vivo, en una galería abierta donde la naturaleza y el arte se encontraban, creando un horizonte infinito que se expandía con cada corte, con cada pincelada.
— texto de ficción y artes criados por Rodrigo Troitiño Salvator (Troito)