La gente camina por las calles, ajena a la coreografía invisible que se teje entre ellos, un baile que solo yo puedo ver, como si el mundo estuviera armado para mí en ese instante preciso.
La música empieza a llenar el aire. Es profunda, como un susurro lejano, un vals que se cuela en la ciudad, tan solemne como su propio latido. Es un ritmo que no acelera, pero que te arrastra con suavidad, te guía por las calles que, minuto a minuto, se llenan de más vida.
Cada compás de esa melodía me lleva a otro tiempo, a un Madrid donde las calles no solo eran caminos, sino que respiraban historias, anécdotas que se cruzaban y se desvanecían en el aire. Cada paso que doy parece resonar con los ecos de esos tiempos, como si el pasado nunca se hubiera ido del todo, como si las tradiciones que viven en el corazón de los madrileños siguieran marcando el ritmo de esta ciudad.
Es como si, en ese momento suspendido entre ayer y hoy, todo se uniera en una danza que nunca deja de girar.
A mi alrededor, los pies de los transeúntes se deslizan por el pavimento con una precisión casi ritual. Cada movimiento parece estar guiado por una fuerza invisible, una corriente que empuja sin prisa, pero también acompaña con suavidad. Cada giro, cada pequeño cambio de rumbo, es un cruce de destinos, como si los caminos de las personas se entrelazaran en ese mismo instante, marcados por las casualidades que, aunque fugaces, se sienten eternas.
Es un vals de vidas que se cruzan, se separan, pero siempre dejan algo de sí en el aire.
Madrid, en su esencia, es ese escenario fluido donde lo efímero y lo eterno coexisten, donde, como espectador, soy testigo de una danza que se escapa entre las rendijas del tiempo, como un Chotis que gira sin prisa, pero con una cadencia inquebrantable. Una danza que nunca deja de moverse, que fluye de generación en generación, manteniendo vivo el latido de la ciudad. Y yo, sin más, me dejo llevar, sabiendo que soy parte de este momento que se desliza, como la ciudad misma, hacia lo que vendrá.
— texto y artes criados por Rodrigo Troitiño Salvator (Troito)
Retrato del Chotis de Madrid 01 — 2023
Esta obra captura el espíritu del Chotis, la danza típica de los Chulapos, un símbolo de la tradición madrileña. Es una pintura pequeña, de 20x30 cm, que forma parte de una serie de tres piezas que exploran el alma de Madrid a través de sus danza más emblemática. La pieza está realizada con acrílico sobre papel cartón, utilizando pinceles, rodillos de pintura y plantillas para dar forma a la vibrante energía de esta danza popular. Un homenaje visual a la esencia de la ciudad y su cultura.